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Clubes de remo y canoa en Río de Janeiro, donde remo a las 5:40 de la mañana. Un club es un instructor, cuarenta remeros, botes con un número fijo de asientos y un mar que decide si alguien sale. Todo pasa por el chat del grupo, porque ahí ya está todo el mundo. El trabajo fue pasar de una lista llena que parecía un éxito a la evidencia de que el instructor había perdido de vista al club, y de ahí a un proceso diario que le devuelve el control.
6 hEspera mediana hasta el quórum1 de 3Pausas largas sin regreso
- Problema
- La lista se llena al 95% y aun así la gente no llega. El grupo registra quién dice que va, nunca quién se subió al bote, así que el instructor no sabe si se sale a remar, quién viene ni qué habituales se están alejando.
- Qué hice
- Mapeé el día del club a partir de 9.000 mensajes y lo rediseñé como un proceso con un responsable para cada paso. La lista abre a mediodía, quien no ha respondido recibe un recordatorio, la lista de espera sube sola y la salida se cierra con el pronóstico del mar y el plan. Maré cuenta, recuerda y lleva el registro; el instructor decide. El mismo proceso sirve para cualquier actividad con cupos fijos y una condición que nadie controla.
- Abre la lista
- Recordatorio a quien no ha respondido
- Cierre y veredicto del mar
- Sale el bote
- Asistencia marcada
Lo hace MaréDecide el instructorLa lista de espera sube sola - Resultado
- En piloto en Río desde octubre de 2026, con el ciclo diario funcionando en Maré. Ahora el piloto mide el tiempo hasta el quórum y cuántos habituales que dejaron de venir vuelven.
Leer el caso completo
Partí de una hipótesis sobre rendimiento: el instructor no podía saber si la tripulación había mejorado o si simplemente el mar había ayudado. Antes de construir nada analicé 9.000 mensajes de clubes de Río: el 83% eran copias de la lista, y en el 30% de los ciclos se perdían confirmaciones cuando dos personas pegaban la lista al mismo tiempo. Corregí mi propia cifra de ocupación cuando no cuadró con los precios del club: los botes salían al 95%, con lista de espera la mitad de los días, así que llenar cupos no era lo que el instructor necesitaba.
Tres hechos parecían contradecirse: las listas se llenan todo el año, la asistencia cae en invierno y el instructor reclamaba por las ausencias sin un solo número. Encajan cuando se ve que el grupo registra la intención y nunca quién se subió al bote. 67 veces un remero se bajó a menos de dos horas de una salida de las 5:40, y las listas tardaban una mediana de 6 horas en llegar al quórum, así que el instructor pasa todas las tardes de guardia. 13 de 39 pausas largas entre habituales no tuvieron regreso, una de ellas de un remero con 51 confirmaciones, y los abandonos fueron repentinos. Lo que le falta al instructor es control: si se sale, quién viene y quién se está yendo.
El grupo se queda, porque es lo que mantiene unido al club: un instructor intentó cerrarlo y tuvo que reabrirlo, los clubes que estudié no usan la app creada para reemplazarlo, y en Río un teléfono robado se lleva todas las apps y cuentas. Por eso el trabajo fue en el proceso alrededor del grupo: quién abre la lista, qué se mueve solo, cuándo le llega al instructor el veredicto del mar para aprobarlo, cómo se marca la asistencia y cómo se mide quién se va, persona por persona, porque cambiar de horario no es abandonar. Durante el piloto, que partió en octubre de 2026, cambiaron los canales, de mensajes en el grupo a un link personal para cada remero, y el instructor pidió sumar las mensualidades al mismo ciclo. Se mantuvieron tres reglas: el instructor aprueba, el veredicto del mar nunca se automatiza y el dinero queda fuera del grupo.
Apps de listas ya hay por docenas, algunas gratis. Lo que escala es el proceso: sesiones recurrentes, un número fijo de cupos, un organizador y una condición que decide si la sesión ocurre. Eso describe kayak, SUP, vela y buceo tanto como canoa, y lo del mar sirve tal cual.